En un mundo que se empeña en mostrarse perfecto —pulcro, luminoso, casi zen— basta un solo detalle fuera de lugar para que todo el decorado tiemble. En la plaza de un pequeño pueblo, aparece lo impensable: un montón de mierda. Un gesto mínimo que desbarata la utopía entera. Kaka es la invitación —incómoda, lúcida, necesaria— a enfrentarnos a nuestra propia mierda: la individual, la colectiva, la que nos incomoda y, paradójicamente, también la que nos une.