El escritor y académico de número de Euskaltzaindia, Jon Casenave, ha publicado Euskal klasikoen bila, un libro cuyo subtítulo plantea una pregunta: ¿para qué tenemos a los autores y autoras del pasado? Organizado en cuatro partes, el libro reflexiona sobre algunas de las obras y figuras clásicas de la literatura vasca, y analiza los procesos por los que se alcanza la condición de clásico durante los dos últimos siglos. Jon tiene la intención de seguir reflexionando sobre las figuras clásicas de la literatura vasca. De hecho, ya trabaja en la continuación de este libro, que abordará la evolución de dicho concepto desde el año 2000 hasta la actualidad.
Tu obra más reciente es el libro Euskal klasikoen bila. ¿Con qué objetivo has escrito este libro?
Tal y como se explica en el prólogo, este libro parte de una carencia. Al finalizar el curso, mientras preparaba la lista de lecturas de verano para el alumnado, me di cuenta de que en las librerías no se encontraban, entre otros muchos títulos, Poesiak, de J.B. Elizanburu, ni Buruxkak, la colección de ensayos de Jean Etxepare. Y, sin embargo, ambas obras resultan fundamentales para la cultura del alumnado de Iparralde.
En las culturas de nuestro entorno, las obras principales del pasado se leen, se enseñan y se reeditan de forma continua, incluso en colecciones de bolsillo asequibles. En nuestro caso, por el contrario, no cuidamos esa continuidad literaria. A través de este libro, he querido realizar una reflexión sobre esta cuestión tan indispensable para la cultura vasca.
¿De qué hablamos desde la perspectiva actual cuando utilizamos el concepto «clásico»?
En cualquier cultura consolidada, se consideran comúnmente clásicas, en el ámbito literario, las obras que han permanecido en la memoria de forma consensuada. La condición de «clásico» se establece siempre desde un punto de vista contemporáneo. Es decir, se dirige siempre al público lector actual, y se adapta a él con las herramientas informativas que requiere el alumnado o el público lector culto: notas de carácter cultural, literario o lingüístico, entre otras.
Ahora bien, publicar un «clásico» no implica necesariamente levantar esos grandes «monumentos filológicos» que con frecuencia se construyen en la cultura vasca. Las ediciones filológicas son necesarias y les profeso un profundo respeto; de hecho, yo mismo he preparado algunas de ellas. Pero una edición filológica tiene un carácter exhaustivo que no es necesario en una edición de un «clásico». La «publicación filológica» está dirigida a un público muy limitado y específico. Por el contrario, una publicación clásica debería tener un público destinatario más amplio; por ello, se puede decir que ese tipo publicación debe plantearse desde una perspectiva actual, pensada para las personas lectoras de hoy. En nuestra cultura necesitamos ambos tipos de ediciones y, en la actualidad, carecemos de la segunda.
¿Qué hace que una figura o una obra sean clásicas? ¿Por qué hemos conservado en nuestra memoria a unas personas autoras y unos libros, y no a otros?
Para que una obra alcance la categoría de clásica debe recorrer diferentes etapas. Tal y como han demostrado las personas sociólogas de la literatura, son determinadas «instituciones» o grupos con una gran influencia social quienes establecen qué obras «deben» –o quieren– conservarse en la «memoria».
Sin embargo, aunque estos cambios se producen sólo durante períodos muy extensos, la lista de los clásicos no es definitiva. En función del punto de vista de la sociedad, algunas obras se incorporan en el listado y otras se excluyen de él. Hasta los años 60 del siglo XX, muchas de las obras consideradas clásicas tenían la religión como tema central. En aquella época, los críticos Piarres Lafitte y Luis Villasante ensalzaron Bi saindu hescualdunen bizia, de F. Laphitz (1867), y la incluyeron en la lista de obras clásicas vascas. Hoy en día, se trata de una obra que se lee con un mero objetivo estilístico y ya no forma parte de los principales clásicos vascos, ya que la temática religiosa ha quedado fuera del «ámbito de la literatura» y la mayoría de las personas lectoras desconoce la mayor parte de las obras vinculadas a dicha temática.
¿Cómo se ha configurado el corpus clásico vasco? ¿Qué papel han desempeñado en este proceso las personas expertas, tanto locales como extranjeras?
El corpus clásico vasco ha sido elaborado a partir de mediados del siglo XIX. Fueron personas historiadoras de la literatura vasca, tanto locales como extranjeras, quienes contribuyeron a establecerlo. Los tres primeros clásicos incorporados fueron B. Detxepare, Axular y A. Oihenart. Esos estudios iniciales fueron llevados a cabo por personas historiadoras extranjeras, como el filólogo francés Francisque Michel. Estas personas expertas extranjeras aplicaron a la literatura vasca los criterios utilizados en las culturas del entorno, es decir, el denominado «modelo escrito».
A partir de ahí, la lista de clásicos vascos se fue ampliando paulatinamente, hasta la fecha. Las personas expertas vascas (Pierre Lhande, Piarres Lafitte y Orixe; y posteriormente, Mitxelena, Villasante y Etxaide) estudiaron la creación en euskera desde una perspectiva interna, profundizando en sus características propias. Por ejemplo, incorporaron al ámbito de la literatura vasca las creaciones de la tradición oral (canciones, bertsos, teatro tradicional, etc.), así como otros ámbitos de aparición más reciente, especialmente la novela.
¿Cómo fueron los procesos por los que las personas autoras del pasado llegaron a convertirse en clásicas durante la primera mitad del siglo XX? ¿Cuál fue la aportación realizada en este ámbito por el ensayo Amasei seme Euskalerri'ko de Yon Etxaide?
La aportación de Yon Etxaide en ese ámbito ha quedado, en cierta medida, olvidada. Y, sin embargo, fue fundamental en la época de la posguerra. De un modo muy personal, propuso un «panteón» de escritores de la literatura vasca, con dieciséis nombres destacados. Para cada uno de ellos elaboró una biobibliografía y, posteriormente, una presentación crítica de su obra. Entre esas dieciséis figuras cita a muchas de las que hoy seguimos considerando clásicas: Detxepare, Axular, Oihenart, J. A. Mogel y otros.
En este listado, entre otros, analizó autores como Larramendi y Mendiburu; es decir, apologistas del euskera y reputados escritores del ámbito religioso. Es cierto que, a partir de los años 60, y bajo la influencia de algunos críticos como Koldo Mitxelena, los criterios académicos sobre la literatura vasca experimentaron un cambio profundo. Por ejemplo, fueron excluidas las personas traductoras, las apologistas y las escritoras vinculadas al ámbito religioso. Es decir, la aportación de Yon Etxaide en la cultura vasca se vio desfasada en poco tiempo.
Para explicar cómo se configuró el canon literario vasco durante la segunda mitad del siglo XX, has recurrido a textos de personas expertas. ¿Cómo analizaron este proceso Koldo Mitxelena, Ibon Sarasola y Joan Mari Torrealdai?
Como he mencionado anteriormente, Koldo Mitxelena introdujo en el ámbito vasco algunos de los enfoques vigentes en las culturas académicas internacionales, tanto a través de su Historia de la literatura vasca (1960) como de diversos estudios críticos publicados. Entre los distintos criterios posibles, otorgó una importancia fundamental al criterio literario. Desde esa perspectiva, revisó la creación en euskera realizada hasta entonces y excluyó, en consecuencia, gran parte de las traducciones y adaptaciones, así como las obras religiosas. De este modo, el canon vasco establecido hasta aquel momento quedó reducido, en cierta medida.
Posteriormente, la crítica de la generación siguiente completó dicha aportación, especialmente desde el punto de vista de la sociología de la literatura y del libro. Entre los numerosos nombres que cabe destacar, sobresalen dos: Ibon Sarasola y Joan Mari Torrealdai. Estos nuevos planteamientos críticos transformaron tanto el panteón de las personas escritoras vascas como la manera de interpretar la creación en euskera.
¿Cuál fue la aportación de la crítica académica? ¿Cómo se materializó esta aportación?
La aportación de la crítica académica ha sido fundamental en todas las culturas de nuestro entorno. En nuestro caso, también ha sucedido así, gracias a los trabajos de críticos como Koldo Mitxelena y Piarres Lafitte. En la época posterior (1975-2000), la investigación universitaria analizó, principalmente a través de tesis doctorales, la mayoría de las obras y personas autoras fundamentales, como Axular, Joanes Etxeberri de Sara, Txomin Agirre, Lizardi y Orixe. Gracias a estos estudios, las personas universitarias de la época disponían de una lista consolidada de los clásicos actuales.
Pero, evidentemente, también hay que considerar la crítica periodística y la crítica ejercida por las propias personas escritoras. Tal y como señaló Albert Thibaudet, historiador de la literatura de comienzos del siglo XX, estos tres tipos de crítica se complementan entre sí a la hora de elaborar y publicar literatura.
¿Cómo accedió el mundo oral a la categoría de clásico?
Este proceso no se produjo hasta comienzos del siglo XX. Hasta entonces, a la cultura vasca se le aplicaban los criterios propios de la cultura escrita. Y, evidentemente, la producción publicada en euskera era muy limitada fuera del ámbito religioso. Sin embargo, cuando las personas investigadoras vascas comenzaron a reflexionar sobre la literatura vasca y sobre los criterios de valoración de la creación literaria, renovaron la mirada hacia estas obras. Así, pusieron de manifiesto que algunas de las principales creaciones de la tradición oral poseían un auténtico valor literario.
En este sentido, se puede destacar el trabajo de Pierre Lhande. Tomó como ejemplo a Pierre Topet Etxahun y lo estudió como si se tratara de un poeta de la tradición escrita. Recopiló y publicó sus obras –sus bertsos–, las analizó siguiendo los criterios académicos de la época y, como referencia comparativa, estudió también algunos poetas reconocidos de la literatura francesa. Es decir, le otorgó la categoría de «poeta» de su época y, al situarlo fuera del ámbito exclusivo de la tradición oral, lo incorporó al de la literatura escrita y lo consagró como un clásico.
Como has mencionado al principio, los clásicos desempeñan un papel importante en las culturas de nuestro entorno: reciben un gran reconocimiento y ocupan un lugar destacado en el sistema educativo. Además, se reeditan de manera constante, por lo que son fácilmente accesibles. En definitiva, son personas y obras conocidas por (casi) cualquier persona. En el ámbito vasco, la realidad es bastante diferente, ¿verdad? ¿Qué se puede hacer para tratar de revertir esta situación?
Como he señalado anteriormente, en las últimas dos o tres décadas hemos permitido que se debilitara el vínculo con las personas autoras del pasado, sin querer darnos cuenta, o simplemente sin darnos cuenta de ello. Debemos trabajar dicha continuidad literaria y articularla de manera adecuada.
¿Qué respuesta le darías a la pregunta que planteas en el subtítulo del libro? Es decir: ¿para qué tenemos a las personas autoras del pasado? ¿Qué relación mantenemos –y queremos mantener– con las personas escritoras del pasado y con sus obras?
Esta reflexión sobre las obras y personas autoras del pasado la he dividido en dos partes. En la primera parte, titulada Euskal klasikoen bila, he analizado los procesos por los que una obra o una persona autora alcanza la condición de clásica de la literatura vasca durante los dos últimos siglos. En consecuencia, he identificado las principales obras consideradas y ensalzadas como clásicas. Es decir, he estudiado la relación que hemos mantenido en la cultura vasca con las personas escritoras del pasado.
En la continuación que estoy elaborando, abordaré la evolución desde el año 2000 hasta la actualidad. En este segundo libro completaré la respuesta a la anterior pregunta, mostrando cuál es la relación que queremos establecer con las personas autoras del pasado para garantizar la continuidad literaria que necesitamos. Y a continuación, plantearé una serie de propuestas para la reconstrucción de la colección de clásicos del euskera. Se trata de una iniciativa que, indudablemente, deberá discutirse y completarse con la participación de muchas personas a lo largo del tiempo.
Quizás algunas personas escritoras y obras actuales sean clásicas en un futuro. ¿Qué opinión tienes de la literatura actual en euskera?
La literatura vasca contemporánea es hoy más prolífica que nunca y presenta un alto nivel de calidad. Una de las mejores muestras de ello es, sin duda, su traducción a diversas lenguas. Las personas escritoras actuales han renovado profundamente los contenidos de la literatura vasca. Han sido valientes y han abordado sin reservas algunos de los temas importantes y más presentes en la sociedad vasca, incluidos los más dolorosos: las heridas del pasado, las provocadas por las guerras del siglo XX, la época del franquismo, la problemática de la memoria marginada, los conflictos de los últimos años y los principales cambios sociales y antropológicos experimentados por la sociedad vasca, como el lugar que debe ocupar la mujer en ella. Es decir, las personas escritoras contemporáneas han asumido plenamente la función literaria, tanto desde el punto de vista de los contenidos como del nivel lingüístico, y han marcado una clara distancia respecto a planteamientos anteriores.
Entre las obras que nos han ofrecido estas personas creadoras contemporáneas, hay algunas que, sin duda, están en camino de convertirse en clásicas. Obras de las décadas de los 60 y 70 como Harri eta Herri (G. Aresti), Peru Leartzako (Txillardegi), Hiru gizon bakarka (B. Gandiaga), Ehun metro (R. Saizarbitoria), Etiopia (B. Atxaga) o Zergatik panpox (A. Urretabizkaia) son consideradas hoy, sin ninguna duda, creaciones de primer nivel dentro de la literatura en euskera. Son muchas las obras que podrían reunir méritos suficientes para acceder a la categoría de clásicos contemporáneos, aunque resulta difícil establecer dónde deben fijarse los límites para determinar esa condición. En ese sentido, sería necesario llevar a cabo una reflexión profunda, ya que la opinión de una única persona investigadora no basta para consolidar una lista de clásicos. El proceso de convertir una obra en clásica se debe realizar entre muchas personas. En esta decisión deben participar diferentes sectores: personas críticas, investigadoras, escritoras, la escuela, la universidad, las editoriales y otras instituciones.
[Especial publicado el 24 de julio de 2026]